La font d'aquest mite es troba a La república es posen en joc elements d'antropologia basats en la tripartició social, amb certa mobilitat, que relaciona amb la legitimitat i la prioritat a l'hora d'exercir el poder i governa, amb el grau de coneixement, la mena d'ànima i la funció o tasca socials.
Així, als homes de la raça d'or, tenen una ànima racional, amb la virtut predominant de la saviesa i per tant han de governar en un sistema aristocràtic (dels millors), que cerqui el bé comú, mentre els homes de la raça de plata tenen un ànima més aviat irascible, la seva virtut principal és la força i han d'exercir de guardians o soldats, preferint com a forma de govern la timocracia militar (govern dels més honorats, concretament per les seves gestes); finalment, els homes de bronze i ferro són aquells dominats per un ànima concupiscible (plena de desig gastronòmic i sexual), la virtut principal dels quals és la moderació, amb una tasca productiva com a agricultors, ramaders i artesans, tenint en compte que ells preferirien la democràcia, és a dir, el govern de tots, que, segons Plató, conduiria l'anarquia. Plató defensa, en definitiva, el principi o sistema d'especialització funcional o, en alttres mots, el fet que a cada home correspongui un ofici dintre del tot social que configura l'Estat o ciutat ideals. Per això en la ciutat JUSTA els savis governen, els soldats vigilen i protegeixen mentre els treballadors, virtuosament moderats, generen béns i riquesa.
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-¿Cómo
nos las arreglaríamos ahora -seguí - para
inventar una noble mentira de aquellas beneficiosas de que antes hablábamos y
convencer con ella ante todo a los mismos jefes y si no a los restantes
ciudadanos?
-¿A qué
te refieres? -preguntó.
-No se
trata de nada nuevo -dije
-, sino
de un caso fenicio, ocurrido ya muchas veces en otros tiempos, según narran los
poetas y han hecho creer a la gente, pero que nunca pasó en nuestros días ni
pienso que pueda pasar; es algo que requiere grandes dotes de persuasión para
hacerlo creíble.
-Me
parece -dijo - que no te atreves a
relatarlo.
-Ya
verás cuando lo cuente -repliqué- cómo
tengo razones para no atreverme.
-Habla
-dijo - y no temas.
-Voy,
pues, a hablar, aunque no sé cómo ni con qué palabras osaré hacerlo, ni cómo he
de intentar persuadir, ante todo a los mismos gobernantes y a los estrategos, y
luego a la ciudad entera, de modo que crean que toda esa educación e
instrucción que les dábamos no era sino algo que experimentaban y recibían en
sueños; que en realidad permanecieron durante todo el tiempo bajo tierra,
moldeándose y creciendo allá dentro de sus cuerpos mientras se fabricaban sus
armas y demás enseres; y que, una vez que todo estuvo perfectamente acabado, la
tierra, su madre, los sacó a la luz, por lo cual deben ahora preocuparse de la
ciudad en que moran como de quien es su madre y nodriza y defenderla si alguien
marcha contra ella y tener a los restantes ciudadanos por hermanos suyos, hijos
de la misma tierra.
-No te
faltaban razones -dijo - para vacilar tanto antes de contar tu mentira.
-Era
muy natural -hice notar -. Pero escucha
ahora el resto del mito.
«Sois, pues, hermanos
todos cuantos habitáis en la ciudad -les
diremos siguiendo con la fábula -; pero, al formaros los dioses, hicieron
entrar oro en la composición de
cuantos de vosotros están capacitados para mandar, por lo cual valen más
que ninguno; plata, en la de
los auxiliares, y bronce y hierro, en la de los labradores y demás artesanos. Como
todos procedéis del mismo origen, aunque generalmente ocurra que cada clase de
ciudadanos engendre hijos semejantes a ellos, puede darse el caso de que nazca
un hijo de plata de un padre de oro o un hijo de oro de un padre de plata o que
se produzca cualquier otra combinación semejante entre las demás clases. Pues
bien, el primero y principal mandato que tiene impuesto la divinidad sobre los
magistrados ordena que, de todas las cosas en que deben comportarse como buenos
guardianes, no haya ninguna a que dediquen mayor atención que a las
combinaciones de metales de que están compuestas las almas de los niños. Y si
uno de éstos, aunque sea su propio hijo, tiene en la suya parte de bronce o
hierro, el gobernante debe estimar su naturaleza en lo que realmente vale y
relegarle, sin la más mínima conmiseración, a la clase de los artesanos y
labradores. O al contrario, si nace de éstos un vástago que contenga oro o
plata, debe apreciar también su valor y educarlo como guardián en el primer
caso o como auxiliar en el segundo, pues, según un oráculo, la ciudad perecerá
cuando la guarde el guardián de hierro o el de bronce.»
He aquí la fábula.
¿Puedes sugerirme algún procedimiento para que se la crean?
-Ninguno
-respondió -, al menos por lo que toca a esta primera
generación. Pero sí podrían llegar a admitirla sus hijos, los sucesores de
éstos y los demás hombres del futuro.
-Pues
bien -dije -,
bastaría esto sólo para que se cuidasen mejor de la ciudad y de sus conciudadanos;
pues me parece que me doy cuenta de lo que quieres decir.
(Plató, República.
Libro III. 414c –415d)
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